Nadie lo admite abiertamente.
Pero casi todos los padres, en algún momento, lo sienten.
Una conexión más fácil con uno.
Un conflicto que parece eterno con el otro.
El problema no es sentirlo.
El problema es cuando se vuelve patrón.
El favoritismo parental es uno de los temas más incómodos de la crianza — y uno de los más investigados en psicología del desarrollo. Estudios consistentes muestran que la mayoría de los padres tiene una relación de mayor proximidad emocional con al menos uno de sus hijos.
Eso no es monstruoso. Es humano. Lo que sí importa es cuándo esa preferencia se convierte en trato diferencial visible — y qué efecto deja en ambos hijos: el favorecido y el que siente que no lo es.
¿Por qué existe el favoritismo parental?
La investigación apunta a varios factores: la similitud de temperamento entre padre e hijo, el orden de nacimiento, el sexo del niño en relación al del progenitor, las circunstancias vitales del adulto en el momento del nacimiento de cada hijo.
También influyen las expectativas no cumplidas: el hijo que «decepciona» en rendimiento, carácter o comportamiento puede recibir inconscientemente un trato más frío.
John Bowlby documentó que la calidad del vínculo afectivo temprano es determinante para el desarrollo. Cuando ese vínculo es consistentemente asimétrico entre hijos, el hijo «menos favorecido» registra la diferencia — aunque nadie la nombre.
Los niños no necesitan que se lo expliques. Lo sienten. Y lo guardan.
¿Cómo afecta al hijo que se siente menos querido?
Las consecuencias documentadas son claras y no son menores. Vincent Felitti, en los estudios ACE (Adverse Childhood Experiences), incluyó la percepción de no ser amado por los padres como una de las experiencias adversas tempranas con mayor impacto en la salud mental adulta.
Señales de que un hijo puede estar percibiendo favoritismo:
- Dice frases como «a mi hermano siempre le dan más» o «vos siempre lo defendés a él»
- Muestra más irritabilidad con el hermano que con pares fuera de casa
- Tiene dificultades para pedir cosas a los padres cuando el hermano está presente
- Se esfuerza exageradamente para llamar la atención parental
- Muestra resignación: «total, da igual lo que haga»
- En la adolescencia, el distanciamiento del vínculo familiar es más marcado que el del hermano
El hijo que se siente menos querido no lo inventa.
Está leyendo señales reales.
El adulto que quiere cambiar eso puede hacerlo.
Pero primero tiene que verlo.
¿Y al hijo favorecido?
Al menos uno está bien. El otro es el complicado.
El hijo favorecido también paga un costo. Puede desarrollar una autoestima frágil basada en la comparación («soy mejor que mi hermano»), dificultad para tolerar el fracaso, o culpa inconsciente por el lugar que ocupa.
Goleman describe la autoconciencia emocional como la capacidad de leer los propios estados internos con precisión. Un niño cuya autoestima depende del contraste con su hermano tiene esa autoconciencia construida sobre una base inestable.
¿Qué puede hacer el adulto que reconoce el favoritismo?
Reconocerlo ya es el paso más difícil. Lo que sigue:
No forzar el afecto. Intentar querer «igual» de forma artificial se nota. Lo que funciona es aumentar el tiempo de calidad específico con el hijo más distante.
Identificar qué generó la distancia. ¿Temperamento? ¿Expectativas no cumplidas? ¿Circunstancias difíciles en el momento de su nacimiento? Entender el origen ayuda a trabajarlo.
Evitar comparaciones y juicios delante de ambos. Cada hijo necesita recibir feedback en su propio contexto.
Buscar puntos de conexión genuina. ¿Qué le interesa al hijo con quien el vínculo es más difícil? Ahí hay material.
Considerar terapia familiar. Cuando el patrón está instalado hace años, un profesional puede ayudar a redistribuir sin dramatizar.
No es demasiado tarde. La neuroplasticidad del vínculo no tiene fecha de vencimiento.
Lo más importante
El favoritismo parental existe. Es más común de lo que se admite. Y tiene consecuencias reales.
El primer paso no es flagelarse. Es verlo.
Ningún padre quiere dañar a su hijo. Pero algunos patrones lo hacen de todas formas — hasta que el adulto los detecta y los cambia.
“Reconocer que existe un vínculo más difícil con uno de tus hijos es el comienzo de cambiarlo.”
Entender lo que le pasa es el primer paso para ayudarlo.
Preguntas frecuentes
P:¿Es normal tener más afinidad con un hijo que con otro?
R:Sí, es frecuente. La afinidad varía según temperamento, momento vital del adulto y dinámica de cada vínculo. El problema no es sentir mayor conexión con uno — sino cuando esa diferencia se convierte en trato explícitamente desigual que los hijos perciben.
P:¿Cómo sé si estoy siendo parcial sin darme cuenta?
R:Algunas señales: le explicas más a uno que al otro, lo defiendes más en conflictos entre hermanos sin evaluar la situación, reconocés sus logros con más entusiasmo, pasás más tiempo de calidad de forma consistente. Si al leerlo algo te resuena, vale explorarlo.
P:¿El hijo favorito tiene ventajas a largo plazo?
R:En el corto plazo, parece que sí. En el largo plazo, los estudios muestran que el hijo favorecido puede desarrollar menor resiliencia ante el fracaso y dificultad para sostener relaciones igualitarias con pares. La ventaja es más frágil de lo que parece.
P:¿Los hijos mayores o menores son más propensos a ser favoritos?
R:La investigación no muestra un patrón universal. En algunas familias el mayor recibe mayor exigencia y el menor mayor permiso. En otras, el primogénito tiene un vínculo más intenso por haber sido el único durante años. Depende más del temperamento y la historia familiar que del orden de nacimiento.
P:¿Se puede reparar el daño del favoritismo una vez que los hijos son adultos?
R:Sí, aunque requiere trabajo consciente. Un reconocimiento honesto por parte del adulto — sin excusas — y un cambio de conducta sostenido en el tiempo pueden reparar mucho. En algunos casos, la terapia individual o familiar acelera ese proceso.

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Lic. Julieta Dorgambide · Psicopedagoga y Directora Clínica de Educa Chubi
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